Sin ellas (Relato) Por Àngels Almazán

Despertó, alguna cosa extraña pasaba, su instinto le decía que en su casa, en su habitación, algo fallaba.
Escucho los sonidos de la casa, pensaba que igual alguien había entrado y algún ruido lo había despertado, pero no… No se escuchaba nada ni en el piso donde estaba ubicada su habitación, ni parecía que en la planta baja.
Pensó que quizás sus padres estuvieran ya levantados, pero estaba muy oscuro y él tenía la persiana de su habitación levantada, le encantaba ver el reflejo de la luna a través de su ventana. No, sus padres se levantaban cuando ya despuntaba el día… Entonces, ¿Qué estaba pasando?¿Por qué tenía esa sensación tan extraña?
Quizás su hermana Rosa que dormía en su misma habitación hubiera llorado. Prestó atención para oírla, pero no, no se escuchaba nada, ni siquiera escuchaba su respiración tranquila…
Héctor se asustó, no oía nada, ni tan siquiera su respiración, ¿le habría pasado algo a su pequeña hermana? Una señal de alarma se conectó con sus sentidos, su cerebro reacciono, el peligro que había notado estaba ahí, en la cama de Rosa.
Encendió la luz. Rosa no estaba en su cama, él recordaba que la había tapado y que ella se había dormido muy rápido, todo el día corriendo en el campo la había agotado. ¿Dónde estaba? Quizás se había despertado y había ido a dormir con sus padres.
Se levantó y con cuidado de no hacer ruido, se dirigió a la habitación de sus padres. Abrió la puerta suavemente, no quería despertarlos y asomó la cabeza. En la cama estaba su padre, dormía, pero ni su madre, ni su hermana estaban en ella.
Quizás han bajado a por leche, quizás Rosa se ha despertado y ha ido en busca de su madre, quizás estén en la cocina.
Bajo rápidamente la escalera, cuando llegó a la planta baja, vio que la luz de la cocina, permanecía apagada.
Recorrió el resto de la casa, todo estaba en orden, todo, menos que no encontraba ni a su madre, ni a su hermana.
Volvió a subir, se dirigió al dormitorio de sus padres y dudó. No sabía si despertar a su padre, pero… y si les había sucedido algo malo. No se lo pensó más, se acercó a su padre y zarandeándole el brazo lo llamó.
– Papa, papa, despierta, papa!
– ¿Qué?¿Qué pasa Héctor? Dijo su padre abriendo los ojos medio dormido- ¿Qué quieres?
– Papa, no encuentro a mama, ni a Rosa, no están en la casa.
– Estarán en la cocina
– No, ya he bajado y he mirado en todas partes, no las encuentro papa.
El padre de Héctor, Miguel, viendo la preocupación dibujada en la cara de su hijo, encendió la luz, mirando a su alrededor, todavía, sin saber qué pasaba, ni qué le estaba queriendo decir.
– Vamos Héctor, busquémoslas, seguro que están por aquí, dónde quieres que vayan a estas horas!!
– No lo sé papa, pero yo no las he encontrado.

El agente de policía con cara de pocos amigos, escribía en su ordenador con detalle todas las referencias que de las supuestamente desaparecidas le iban dando. Aquella mañana se avecinaba tormentosa, con las pocas ganas con las que se había levantado hoy! Su madre con la que vivía, se había ido otra vez, sin dejarle el desayuno preparado.
– Y díganme,¿ a qué hora dicen que las han echado de menos?
– De madrugada agente, mi hijo Héctor se despertó y desde entonces no las hemos visto más.
– Y eso ¿Qué hora aproximada debería ser?
– La cuatro más o menos, pero agente, quizás las han secuestrado, exclamó Miguel ofuscado y con la sensación de que no estaban avanzando nada.
– Mire, las personas no desaparecen así como así, dice Ud. Que anoche no discutieron, que todo estaba normal como cada día, pero lo que para Ud. Es normal, para otra persona no lo es, y quizás, su señora esposa, estaba molesta con Ud. Y se ha ido.
– Agente, mi esposa no está molesta conmigo por nada, y si así fuera, no cree Ud. Que se hubiera llevado también a Héctor, no, algo les ha pasado.
El agente, no las tenía todas consigo, miraba a Miguel con el ceño fruncido, intentando imaginar qué razones habían hecho marchar a su esposa y dejar a su hijo atrás. Había hecho todas y cada una de las preguntas que el manual dictaba en estos casos, había intentado sonsacar más información, pero Miguel no le decía nada nuevo. Además, tenía cola esperando y no podía entretenerse más de la cuenta, por lo que cerro la denuncia y pasándole a Miguel el original y una copia, le pidió que la firmara, comunicándole que su denuncia pasaría a instancias mayores y que una vez allí se procedería a las pesquisas pertinentes.
– Si Ud. Por la razón que fuera, tuviera alguna novedad, le ruego nos lo comunique. Ahora si no le importa voy a despachar su solicitud y proseguiré atendiendo a otra persona.
Miguel cogió la copia de la denuncia, con la sensación de fracaso rotundo. Aquel agente, no le había transmitido ninguna confianza, parecía que se había tomado la misma como una molestia y no entendía por qué motivo no salían corriendo a buscar a su esposa y a su niñita. Tomo de la mano a Héctor y al salir a la calle, se quedó parado, confuso, no daba crédito a lo que allí pasaba.
Delante de la comisaría, se habían reunido centenares de hombres y niños, todos ellos de aspecto nervioso, todos los agentes de la comisaría estaban fuera, hablaban con muchos de ellos, libreta en mano.
Miro a su alrededor y sin más preguntó al primero que tenía a su lado. – ¿Qué pasa? ¿Qué hace toda esta gente aquí?
– No lo sabemos, las mujeres han desaparecido, ¿La suya también?
– ¿Qué quiere decir con que las mujeres han desaparecido? ¿Todas las mujeres?
– Eso parece, en mi caso, esta mañana cuando me he despertado mi mujer ya no estaba, ella trabaja siempre de tarde, por lo que no podía ser que se hubiera ido a trabajar, he buscado por todas partes y al salir a la calle, los vecinos estaban en la misma situación. Llevo aquí 15 minutos, y en este tiempo, se han reunido aquí todas estas personas, no sé, pero estoy muy preocupado. ¿Qué cree Ud. Qué ha pasado?
Miguel girándose sobre sí mismo, tiro de Héctor y volvió a entrar en la comisaria…
El agente que le atendía anteriormente, estaba en pie, blanco como el papel, hablando con otra persona que físicamente se le parecía, balbuceaba… – ¿Dónde está mama? ¿Qué quieres decir con que Ana también ha desaparecido?
Miguel salió corriendo hacia su barrio, fue casa por casa, comprobando que en todas ellas, faltaba alguien, la abuela, la esposa, la hermana, la hija… Todas las mujeres habían desaparecido, así, sin más, sin que supieran por qué motivo.

Las noticias no mejoraron la situación, según los telenoticias, la radio, la prensa que se editó, no era algo local, ni estatal, fue algo que afectó a todo el planeta, habían desaparecido, se habían esfumado en un segundo, no había mujeres.
Lo siguiente al caos ocurrido tras asumir que algo tan extraordinario, tan terrible había ocurrido, derivó en luchas fratricidas, la culpa, la desesperación, la impotencia, la envidia, la rabia, provocó la muerte de muchos, de miles, los niños, perdidos, no tenían a quién aferrarse, LA GRAN PERDIDA, así fue llamada, sumió en la desesperación a grandes y pequeños.
Durante décadas los mayores morían, la humanidad se degradaba, el mundo envejecía a un ritmo frenético, los pueblos desaparecían, las ciudades, cada vez más vacías morían en la rutina de un ir y venir sin sentido.
Aquellos años fueron negros, muy negros para todos aquellos que quedaron. Los gobiernos, intentaron forjar rutinas, fijar normas que adaptaran todos, intentaron que ir a trabajar fuera algo más que una obligación. Obligaron al pueblo a vivir bajo reglas que hasta entonces nadie hubiera podido imaginar. Cambió la mentalidad de muchos, los homosexuales y transexuales eran muy bien vistos, bien acogidos, deseados y buscados.
El mundo había perdido su feminidad.
Cuando un animal nacía, se aplaudía que fuera hembra, se mimaba y cuidaba de ellas, no fuera ser que desaparecieran como las de su especie.
El mundo envejecía a una velocidad vertiginosa.
– ¿Qué hicimos mal Héctor? ¿Por qué se las llevaron?
Preguntaba Miguel en su lecho, estaba muy enfermo, la vida había sido muy dura para él y su hijo.
– Nada papa, nosotros no hicimos nada, quizás fue esa la causa, quizás deberíamos haber actuado ante los abusos, quizás, no deberíamos haber mirado a otro lado. Quizás no mostrábamos suficiente amor. Quizás, no podíamos hacer nada.
– Echo de menos los besos de tu madre, no ha habido ni un solo día en el cual no he encontrado a faltar el beso que me daba cada mañana y cada noche al acostarnos. He pensado tantas veces en sus ojos, en como brillaban cuando os veía venir, como sonreía a escondidas de vuestras travesuras. Tu hermana tendría ya 45 años ¿sabes? Quizás fuera mama ya de varios niños, y tú, quizás hubieras podido tener una vida mucho mejor, quizás todos estuviéramos mejor.
– Lo se papa, yo también lo he pensado millones de veces, cuando miramos una película antigua, de aquellas de parejas, algo tan normal, ja, ja, ja… Normal, que raro suena verdad…
– Ahora dicen que el planeta morirá en menos de 100 años, bueno… no todo, nosotros los humanos, claro, los animales se pueden reproducir, nosotros no, quizás es un castigo divino, como algunos dicen.
– Quién sabe por qué razón paso todo… Le hemos dado tantas vueltas al tema, hemos divagado tanto, que ya no se me ocurren motivos, ni excusas, no encuentro razones, solo soledad en mi pensamiento, solo angustia y pena.
Era una conversación raída ya, tantas veces habían divagado sobre las razones que llevaron a la desaparición de ellas.
Miguel murió la noche del 11 del 11 del 2062 a las 11 de la mañana, cerró los ojos y sonrió.
Acababa de descubrir dónde habían ido todas ellas, en su viaje, pensó… Sí que es rosa el cielo, sí.

(c) Àngels Almazán
13/10/2017